domingo, 24 de noviembre de 2013

Capítulo 3: El guardián del muerto (ASIER)

CAPÍTULO 3:

LOS SOSPECHOSOS

Transcurridas dos semanas desde que la familia se trasladó a la nueva casa, los policías llamaron a la señora para comentarle que ya sabían la ubicación del supuesto asesino.  La señora pensó que sería mejor dejarle algún tiempo para investigar algo más.
 Al día siguiente, el supuesto asesino se presentó en el colegio de los niños para secuestrar al más mayor de los hijos , para que le contara los planes de su madre, pero la madre fue más lista y contrato a unos guardaespaldas para protegerse a si misma y a sus hijos.

 Los guardaespaldas vieron al supuesto asesino que iba a por el niño mayor. En ese momento el guardaespaldas le pegó un puñetazo e hizo que se desmayara. Se metieron en el coche y se fueron a casa. Al entrar en casa vieron que su madre estaba llorando y la preguntaron: -¿qué te pasa mamá? y la madre contestó: He tenido una visión. He visto a vuestro padre pero ha sido un sueño. Me decía el nombre del asesino pero no le entendí bien.  Cuando estaba intentando entenderle salí de aquella visión.

En ese momento, intentó buscar una serie de posibles soluciones e incluso pensó en documentarse acerca de la interpretación de los sueños.                                           

 Justo cuando iba a salir alguien llamó al timbre. Eran los Borato sus queridos vecinos y le dijeron que se habían enterado de lo sucedido hasta el momento y que habían encontrado a  otra persona con un ojo tatuado en la mano y sin dedos.


La madre, María, se puso muy nerviosa y lo único que quería era que le dijeran cómo era ese hombre y dónde le habían visto para ir a por él. Al parecer cada vez surgían sospechosos nuevos y parecía que en lugar de acercarse se alejaban más de encontrar al asesino. Fueron al lugar indicado y allí estaba él. Al verles se echó a correr y la mujer se puso a gritar.  Un policía alarmado por los gritos fue para ver qué pasaba. Preguntó a la señora y cuando trató de ir por él ya estaba demasiado lejos de su alcance. Soltó a los perros para que fuesen a por él y los vecinos al ver la situación, ayudaron soltando a sus perros. Los perros consiguieron dar caza al hombre que había tratado de deshacerse de ellos incendiando un coche. Llegaron justo a tiempo para evitar el incendio. Los policías consideraron que se encontraban ante un móvil. Tal vez hubiese alguna prueba en el vehículo. Y la policía se llevó los papeles. 

Los Borato acompañaron a María a la librería más cercana y descubrió un libro  que le llamó especialmente la atención: “La interpretación de los sueños” de s.Freud. En un principio no encontró nada que le ayudase pero no se rendiría y seguiría buscando al señor. En ese momento vio un cartel de “Se busca” y en la foto aparecía el hombre que había quemado el coche.



De aquel señor solo sabían que era calvo y que tenía un ojo tatuado en la mano y que le faltaban los dedos.
El señor, no fue muy listo porque el coche que quemó era el suyo. Lo averiguó la policía en una de sus investigaciones.

La policía ofrecía una recompensa por su captura de un millón de dólares. Dicho señor se escondía en una vieja cárcel abandonada. Nadie sabía que él se escondía ahí, nadie se lo imaginaba. María volvió a tener una visión con su querido marido y en ese instante llamaron a la puerta. Era un señor mayor y quería darle una gran noticia. María le invitó a pasar y le dijo que él sabía que su marido no había muerto sino que estaba refugiado en casa de ese señor mayor  y no podía salir de su casa por precaución y si querían verle tendrían que ser discretos y no decírselo a nadie.


CONTINUARÁ...



jueves, 21 de noviembre de 2013

Capítulo 2: La princesa Dámaris (ESTEFANÍA)

CAPÍTULO 2:



LA FAMILIA FERREDUELA JIMÉNEZ


En este castillo vivían los reyes de Oriente Kelly y Erik. Entre sus hijos estaban la princesa Dámaris, que era la mayor de las hermanas y detrás de ella, las princesas Selene y Samira. Y por último los príncipes de la casa Adrián y el pequeño del castillo, Nicolás.

Respecto a los padres, los reyes del castillo, puedo decir que son unos padres maravillosos. Erik siempre está muy ocupado trabajando en las labores del castillo y además siempre está atento de su familia. Por el contrario, la reina es  un poco más despistada que el rey pero también tenía una maravillosa virtud y es que siempre tenía tiempo para cuidar a todos sus hijos.

De vez encunado se quedaba dormida y los niños no iban al colegio real cosa que molestaba mucho a las princesas que siempre estaban dispuestas a aprender cosas nuevas.
La princesa Selene era la princesa a la que menos le gustaba ir al colegio pero si no iba también lo echaba de menos.
La segunda princesa, Samira era la más amable de la casa y nunca descuidaba sus tareas de la escuela. Además era una chica muy amable y simpática.
 El tercer hermano que tenía Damaris era el príncipe Adrián que era el hermano más despistado. Además lo que más le gustaba era ir con el rey a ayudarle y a jugar con él.
Por último el príncipe Nicolás que era el más pequeñito del reino. Él tenía dos añitos y siempre estaba haciendo trastadas por el jardín. En su habitación había multitud de juguetes diferentes regalos de las princesas y de los reyes. El príncipe era tan desordenado que la madre de Dámaris, la reina, siempre tenía que ir detrás del pequeño del palacio para recoger su habitación.

Pese a ser una familia real, los reyes siempre intentaban que sus hijas creciesen en un entorno de amor y cariño. Querían que todas las actividades que llevasen a cabo los príncipes y princesas del palacio fuesen lo más normales posibles. Por ello todos los domingos organizaban una comida familiar en un bosque cercano a palacio.

Celebraban unos grandes banquetes dónde todo estaba permitido, o casi todo. Además una vez al mes se juntaban con los reyes y sus hijos de reinos colindantes.
Este era el día preferido de la princesa Dámaris, la protagonista de la historia. Ese día la princesa se ponía sus mejores galas,  sus mejores vestidos.


En el banquete había todo tipo de comidas, pavo, pollo, jamón, chorizo, langostinos, y por último langostas. Además de eso Había unos grandes pasteles y tartas de diferentes sabores con los que deleitar a los invitados.


CONTINUARÁ...


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Día del derecho de los niños. Cuando sea grande.




“¿ Qué vas a ser cuando seas grande?”, me pregunta todo
el mundo. Y aparte de contestarles: “Astrónomo” (o
“colectivero del espacio”…, porque nunca se sabe…), tengo
ganas de agregar otra verdad: “Cuando sea grande voy a tratar
de no olvidarme de que una vez fui chico.”
Recuerdo que –cuando aún concurría al jardín de infantes–
mi tía Ona me contó un cuento de gigantes. Después me
mostró una lámina en la que aparecían tres y me dijo:
–Los gigantes sólo existen en los libros de cuentos.
–¡No es cierto! –grité– ¡El mundo está lleno de gigantes!
¡Para los nenes como yo, todas las personas mayores son
gigantes!
A mi papá le llego hasta las rodillas. Tiene
que alzarme a upa para que yo pueda ver el
color de sus ojos… Mi mamá se agacha para
que yo le dé un beso en la mejilla… En un
zapato de mi abuelo me caben los dos
pies… ¡Y todavía sobra lugar para los pies
de mi hermanita!
Además, yo vivo en una casa hecha
para gigantes: si me paro junto a la mesa
de la sala, la tabla me tapa la nariz…


Para sentarme en una silla de la cocina debo treparme como
un mono, y una vez sentado, necesito dos almohadones
debajo de la cola para comer cómodamente.
No puedo encender la luz en ningún cuarto, porque no
alcanzo los interruptores. Ni siquiera puedo tocar el timbre de
entrada. Y por más que me ponga de puntillas, ¡no veo mi cara
en el espejo del baño!
Por eso, ¡cómo me gusta cuando mi papi me
lleva montado sobre sus hombros! ¡Hasta puedo
arrancar ramitas de los árboles con sólo estirar
el brazo!
Por eso, ¡cómo me gustaba ir al jardín de
infantes! Allí hay mesas, sillas, armarios,
construidos especialmente para los nenes.
Las mesas son “mesitas”; las sillas son
“sillitas”; los armarios son “armaritos”…
¡Hasta los cubiertos son pequeños y mis
manos pueden manejarlos fácilmente!


También hay una casita edificada de acuerdo con nuestro
tamaño. Si me subo a un banco, ¡puedo tocar el techo!
Sí. Ya sé que también yo voy a ser un gigante: cuando
crezca. ¡Pero falta tanto tiempo!
Entre tanto, quiero que las personas mayores
se den cuenta de que hoy soy chico, chiquito,
chiquitito.
¡Chico, chiquito, chiquitito, en un mundo tan
grande!
De gigantes. Hecho por gigantes. Y para
gigantes.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Capítulo 1: La casa encantada (CRISTIAN)



Capítulo 1:


La entrada

Hola amigos os voy a contar lo que nos sucedió a unos amigos y a mí en un pueblo llamado Zaratán de camino a una casa embrujada y los misterios que allí nos esperaban.
Los protagonistas de esta historia somos tres adolescentes; Rubén, Alejandro y Cristian que soy yo.

Era un día lluvioso, de esos que lo último que apetece es salir a la calle, y mis amigos y yo queríamos ir a la vieja casa embrujada del monte “Chilliad”. Mis amigos y yo no teníamos medios para poder ir a la casa, así que decidimos llamar a mi padre para que nos llevase hasta el lugar.
Mi padre nos dijo que el coche estaba en el garaje y que teníamos que correr hasta allí porque llovía mucho y sino nos empaparíamos.

Al cabo de cinco minutos llegamos corriendo hasta el garaje. Nos subimos al fabuloso “Buggatti” de color blanco y nos dirigimos hasta el monte Chilliad. Mi padre pensaba que queríamos pasar unos días acampados por allí. Le parecía una zona preciosa y tranquila para descansar y pasarlo bien con los amigos.

Durante el viaje Rubén preguntó a mi padre: -¿Cuánto vamos a tardar en llegar? ¿Queda mucho? Mi padre fanfarroneando del coche que tenía contestó: -No se exactamente cuanto queda pero con este coche seguro que llegamos en seguida, además me estoy quedando sin gasolina.

Mi amigo Alejandro angustiado por quedarse perdido en medio de la nada, le dijo a mi padre: -Queda muy poco depósito no creo que lleguemos. Pero mi padre sabía que llegaríamos. Pisó a fondo el acelerador y todos pegamos un brinco en nuestros asientos al ver la velocidad del coche.
-¡Papá! Vas a matarnos grité regañándole.
Rubén riendo a carcajadas dijo: - ¡Este coche es una pasada!  Durante todo el viaje, la lluvia no había cesado ni un momento. En un principio nos daba miedo que pudiese pasarnos algo  pero con todo lo que llevábamos  de viaje, el miedo se nos había pasado.

Seguramente os preguntéis: -¿qué tiene de encantada la casa del monte Chilliad? Hace dos años esa casa estaba habitada por unos extraños y locos inquilinos que no dejaban de reírse…

-¡Mirad chicos ya estamos aquí! dijo Rubén. Mi padre nos dejó allí y se dio la vuelta con intención de buscar una gasolinera y volver a casa. Él me llamaría al llegar para saber que el viaje había ido bien.
Una vez que mi padre se marchó, nos pusimos rumbo a la casa encantada que según nuestros planos no quedaba lejos de donde estábamos. 




Por fin llegamos allí, y aquella casa era mucho más impresionante de lo que podríamos haber imaginado cualquiera de nosotros. Era una casa enorme y estaba medio en ruinas. 

Nos pusimos a caminar en dirección a la casa, pero, justo cuando íbamos a entrar, sucedió algo horrible. Las puertas chirriaron muchísimo y nos asustamos, así que nos pusimos a correr hacia delante adentrándonos en la misteriosa casa.
Una vez dentro encendimos las linternas ya que la casa no tenía ni luz ni energía.  Cada uno de nosotros estábamos mirando para un lado, cuando de repente una sombra tenebrosa me cogió por detrás y antes de que ninguno de mis amigos pudiese darse cuenta, había desaparecido.


Todos los demás buscaron a su alrededor buscándome. Rubén gritaba: -¡Cristian! ¿Dónde estás Cristian? Pero nadie respondió  a los gritos. Todos se quedaron callados pero rápidamente algo rompió el silencio sepulcral de la sala. Era Alejandro que gritaba; -¡Rubén ayúdame! ¡SOCORRO! Él no pudo hacer nada para ayudarle y se quedó solo en la oscura casa. Él encontró las dos linternas de sus amigos. Rubén se encontraba muy triste por nuestra desaparición decidió no rendirse e ir a buscarnos. Toda esta situación le daba fuerzas para seguir adelante.
Rubén siguió avanzando por la casa y se dispuso a entrar en el gran salón de aquella casa tan misteriosa.

Se encontraba frente a aquel inmenso salón paralizado sin saber muy bien cómo actuar y escuchando aún el ruido que los grandes portones oxidados habían hecho al abrirse.

De repente las puertas se cerraron de golpe haciendo un ruido estrepitoso. Se quedó en silencio a ver si era capaz de escuchar algún sonido relacionado con Alejandro o conmigo pero ninguno de ellos parecía que fuese nuestro.

Rubén empezó a buscarnos habitación por habitación sin rendirse, no podía dejarnos allí aunque tuviese que enfrentarse al peligro de estar solo en una casa como esa.

Había buscado en muchísimas habitaciones de la planta baja por lo que decidió subir por unas grandes escaleras a la buhardilla de la casa.






CONTINUARÁ...


jueves, 7 de noviembre de 2013

Capítulo 2: El guardián del muerto (ASIER)




CAPÍTULO 2:

LA INVESTIGACIÓN

Transcurridos unos meses, los nuevos vecinos seguían investigando el asesinato de aquel pobre hombre que fue asesinado en el salón de su casa. La mujer viendo que la policía no actuaba, fue otra vez a la comisaría y le dijo al mismo policía que se encontraba allí el día del crimen:

–Perdone usted llevo esperando tres meses a que averigüen, o por lo menos investiguen el asesinato de mi marido, ¿qué sucede?
 El policía miro fijamente a la mujer y contestó: – ¿De qué me habla señora? Cuénteme su caso.
Angustiada pero educada, la mujer le dijo: – Hace tres meses asesinaron a mi marido y no entiendo como algo así no tiene algún tipo de trascendencia.

El policía comenzó a hacerle preguntas: - ¿dónde trascurrieron los hechos? -sucedió en mi casa, por la noche cuando todos dormíamos. Nos dimos cuenta al despertarnos la mañana siguiente. El policía se burló de la señora y contestó: -Sí y el asesinado dormía más que ninguno, ¿no? La señora indignadísima le dijo que no era algo con lo que debía bromear. Se trataba de la vida de su marido ¡están locos!

Volviendo al caso, ¿usted quiere denunciar a alguien? Dijo él. -No yo quiero que investiguen y consigan encontrar al asesino de mi marido, ¿es tan difícil de entender? Dijo la mujer de forma sarcástica.


El policía tras hacerle una serie de preguntas, le dijo a la mujer que podía desalojar la sala. Con lágrimas en los ojos le dijo: -Me gustaría comentarle una última cosa señor; mis hijos me dijeron que el asesino tenía un tatuaje en la mano. Aún me cuesta creer que ellos lo viesen huir. A escasas horas de ir al colegio…

El policía agradecía que la señora hubiese contado un detalle como ese. En este momento cualquier pista era bien recibida.

 Al salir de comisaría vio un hombre intentando robar un bolso a una anciana y al instante fue a ayudarla pero llegó tarde. El ladrón se escapó pero la señora se fijo en una cosa; llevaba la camisa de manga cortas y le vio un tatuaje en la mano entonces le siguió.
                            
El ladrón sin darse cuenta de que la señora le seguía, se quitó la máscara de la cara. En ese momento ella aprovechó para hacerle una fotografía con la cámara de su móvil. Sin querer el flash del móvil sorprendió al ladrón y decidió ser más rápido y listo que la señora. El ladrón echó a correr y se dirigió a la comisaría más cercana con la intención de poner una denuncia falsa a la señora  y así, salirse con la suya. Él inventó que ella le había atracado.
En ese instante el policía se fijó por un segundo en el tatuaje de su mano derecha. Quitó rápidamente la vista de su mano, y al subir la cabeza, observó que en su camiseta había una mancha de sangre.
El policía le puso un chip y al ladrón con la intención de tenerle vigilado, aunque  a él le dijo que era con la intención de guardarle las espaldas y que si volvía a aparecer, podrían cogerla.
El supuesto asesino volvió al lugar donde la mujer le hizo la fotografía con la intención de ver si seguía allí. Cuando la encontró hizo como que se chocaba con ella y le metió una nota en su bolso.

Al llegar a casa los hijos todavía afectados por lo sucedido le preguntaron a su madre: -¿mamá podemos ir a la biblioteca del desván?
La madre estaba encantada de que fuesen así que les dijo que cogiesen las llaves de su bolso. Los niños obedecieron y al abrir el bolso vieron esa nota extraña con manchas de sangre. Fueron corriendo  a decírselo a su madre. Ella empezó a leerla sorprendida.


Aquella carta decía:


“Sé dónde vives y como digas algo a la policía te mataremos a ti o a uno de tus hijos”

Al leer la nota, la madre se acercó a comisaría para que les ofrecieran protección. La policía les mandó a una casa de esa misma ciudad sin que el asesino lo supiera. Además le contó que el supuesto asesino había ido a la comisaría y había decidido engañarle poniéndole un chip para rastrearle y así saber en todo momento hacía donde se dirigía.
La señora se alegró muchísimo por la noticia, por fin le hacían caso y tanto es así que se puso a llorar.
El policía le hizo una serie de preguntas a la señora sobre el ladrón y el asesino para ver la similitud entre ambos. Únicamente sabía que tenía un tatuaje en la mano derecha. Llevaba dibujado un ojo y le faltaban todos los dedos.
En principio ambos coincidían con los detalles dados por la mujer, pero aún había mucho camino por recorrer.


CONTINUARÁ...

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La muchacha caracol (cuento de nacionalidad tibetana). Cuentos Populares





Cierta vez y en cierto lugar había tres hermanas: la hermana Oro, la hermana Plata y la hermana Caracol. Las tres eran inteligentes, laboriosas y bellas como los crisantemos de la montaña. La hermosura de las muchachas cobró fama por lo que el ir y venir de los jóvenes de las aldeas cercanas y lejanas para proponerles matrimonio era tan interminable como la ronda de las abejas en la primavera. Sin embargo, las hermanas Oro y Plata tenían muchas pretensiones, con mucha malicia; a éste lo encontraban pobre, aquél otro era feo, de forma que escogiendo y escogiendo no habían encontrado todavía uno que las satisficiera. Pero la hermana Caracol no se parecía en nada a las otras dos. Aunque muy pequeña, era bondadosa y sólo pretendía un joven laborioso como compañero para sus días.
         Una madrugada, cuando la hermana Oro se disponía a ir a buscar agua con el cubo áureo a la espalda, abrió la puerta de la casa y se pegó tal susto que tuvo que retroceder. Y es que en el umbral estaba durmiendo un mendigo viejo, sucio y harapiento, que le obstaculizaba el paso.
         La joven agitó la mano y dijo, fastidiada:
         - Apártate, apártate, deja pasar a la joven Oro que va a buscar agua.
El anciano pordiosero despegó un poco los párpados y dijo indiferente:
         - ¿Necesitas el agua para algo importante?
         - Mi padre la necesita para fermentar vino, mi madre para hacer mantequilla, y yo para lavarme la cabeza, ¿cómo no va a ser importante? – replicó con una mueca de desprecio.
         - Yo no me puedo levantar – contestó el mendigo, al tiempo que volvía a cerrar los ojos –. Si quieres ir a buscar agua, pasa por encima mío.
         La muchacha levantó la cabeza y respondió, completamente indiferente:
         - He franqueado el lugar de reunión de mi padre y el sitio donde mi madre conversa, ¿por qué no habría de pasar por encima de ti?
         Y dicho y hecho, pasó muy enojada por encima del cuerpo del mendigo.
         Al día siguiente le tocaba a la hermana Plata ir a buscar agua. Iba con el cubo plateado a cuestas cuando abrió la puerta de la casa y viendo que allí dormí aun mendigo se pegó tal susto que retrocedió dos pasos, al tiempo que decía:
         - Apártate, apártate, deja pasar a la joven Plata que va a buscar agua.
         El mendigo le lanzó una mirada y contestó:
         - ¿Necesitas el agua para algo importante?
         A la muchacha, impaciente, se le inflamaron los ojos de cólera y replicó:
         - Mi padre la necesita para fermentar vino, mi madre para hacer mantequilla, y yo para lavarme la cabeza, ¿cómo no va a ser importante?
         El mendigo se envolvió en su ropa de arpillera, cerró los ojos y contestó:
         - Si quieres ir a buscar agua, pasa por encima mío, yo no me puedo levantar.
         La joven se levantó un poco la falda que le llegaba a los pies y dijo:
         - He franqueado el lugar de reunión de mi padre y allí donde mi madre habla, ¿por qué no voy a poder pasar por encima tuyo?
         Y acto seguido pasó por encima del hombre y se fue a buscar agua.
El tercer día le tocaba a la hermana Caracol ir a recoger agua. Se levantó por la mañana muy temprano, se cargó muy contenta a la espalda el cubo de concha y cuando abrió la gran puerta para salir se sobresaltó al ver que allí estaba durmiendo un viejo y sucio pordiosero. La hermana Caracol sintió pena por el hombre de edad avanzada y no quiso molestarlo por lo que lo llamó suavemente:
         - Por favor, déjeme pasar que voy a buscar agua.
         Pero el mendigo ni se movió ni abrió los ojos.
         - No estoy obstaculizando tu camino – dijo el anciano – puedes pasar por encima mío.
         - No he franqueado el lugar donde se reúne mi padre ni el sitio donde conversa mi madre, tampoco puedo pasar por encima de ti.
         La joven, muy suavemente, dio la vuelta alrededor del cuerpo del viejo y cantando llegó a la orilla del río. El sauce de la orilla ya exhibía sus brotes verdes y las aguas corrían armoniosamente. Ella descargó el cubo de conchas, se arrodilló, bebió unos sorbos de agua cristalina y luego fue llenando el recipiente con el cucharón de conchas. En ese momento se las vio negras. ¿Cómo cargar el cubo sin la ayuda de otra persona? La joven miró en derredor suyo pero no divisó ni una sombra. Ya estaba muy inquieta sintió como un destello ante sus ojos: hete aquí al mendigo parado delante suyo. Ya no parecía aquel viejo medio moribundo sino que se le veía muy animado.
         - Jovencita Caracol, voy a ayudarte a levantar el cubo – le dijo. La joven se puso muy contenta, se arrodilló y pegó la espalda al cubo, luego se colocó la pértiga en el hombro. El hombre en cuestión parecía querer crearle dificultades al levantar la pértiga un poco más arriba a veces y otras más abajo, de manera que ella no encontraba una manera cómoda de llevarla. La muchacha intentó pararse varias veces pero no lo logró. Finalmente, cuando ya lo había conseguido, como el cubo no había sido bien amarrado a la pértiga resbaló por ésta hasta caer hecho añicos. La muchacha, afligida por la pérdida del cubo y con miedo de que sus padres la rezongaran al volver a la casa se tapó la cara y sollozó.
         En cambio, el viejo no se inmutó para nada, por el contrario le dijo sonriendo:
         - ¿Qué tiene de especial este cubo? Yo puedo darte uno.
         La joven no contestó sino que lloró con más fuerza, pensando: “Este pobretón, ¡con qué me lo va a poder devolver! Este no es un cubo común, está hecho de conchas y no se vende en ninguna parte.”


 Quién se imaginaría que el viejo tenía su solución. Asió una a una las conchas, las mezcló y luego le dijo:
         - Mira, muchacha Caracol, ¿acaso no está bueno el cubo?
         ¡Cómo le iba a creer la joven! Ella pensaba: “Evidentemente se ha roto, no te rías de mí.” Pero no pudo contener la curiosidad y miró: qué curioso, el cubo de conchas estaba enterito. Además, estaba lleno de agua cristalina. Se alegró tanto que hasta le vinieron deseos de cantar y pensó: “Este pordiosero no es una persona del montón seguramente, tal vez sea un genio”.
- Eres realmente una buena persona, me has salvado, ¿te puedo ayudar en algo? – le manifestó agradecida.
- No tengo donde dormir esta noche, me gustaría descansar sólo por hoy en la cocina de tu casa.
- Temo que mi madre no acepte, ella odia a los mendigos. Pero no te preocupes, yo se lo voy a rogar.
- No es necesario que lo hagas, muchacha. Si ella no está de acuerdo, tú le das lo que está dentro del cubo.
La chicuela no tenía claro qué es lo que había dentro del recipiente. Pero impresionada por quien creía un genio no preguntó más nada y retornó a su casa cargando el cubo con la pértiga.
Una vez en el hogar, al tiempo que vertía el agua en el recipiente de bronce, le comentó a su madre que un mendigo quería pasar la noche en la cocina de la casa. La señora frunció las cejas y reflexionó.
- ¿Cómo vamos a permitir que un viejo y sucio vagabundo pase la noche en la cocina de nuestra casa?...
En ese mismo momento ¡plaf! se oyó el ruido de una cosa amarilla que había caído dentro del cubo. Fue entonces que la muchacha recordó las palabras del mendigo y dijo:
- Además, él me dijo que le diera a mi madre lo que hay dentro del cubo.

La madre observó: aquello que había sonado era un anillo de oro por lo cual desfrunció el ceño y sonrió.
- Bueno, dejémoslo que duerma esta noche en la cocina – dijo.
Después de la cena toda la familia se reunió a charlar. El padre bebía té con mantequilla y la madre tejía. Hablando y hablando se tocó el tema del casamiento de las muchachas.
- Yo me quiero casar con el rey de la India – dijo la hermana Oro.
- Y yo con el rey de aquí – dijo la hermana Plata.
Cuando el padre le preguntó a la tercera, ésta se quedó sin saber qué decir. En ese momento entró sin anunciarse el mendigo y se dirigió  a los mayores.
- Quiero hacerle de casamentero a la joven Caracol. Alguien tan hermoso y bueno como ella debe casarse con Gongzela.
¿Quién era ese Gongzela y dónde vivía? Nadie lo sabía ni había oído hablar de él. Los padres pensaron: “Este mendigo loco ¿a qué persona de renombre y posición puede conocer? Seguramente está proponiendo a otro pordiosero”. Cuando sus pensamientos llegaron a este punto los dos menearon la cabeza negativamente. Las otras dos hermanas estaban cuchicheándose al oído sin poder dejar de mirar a la otra con una sonrisa fría.
El mendigo se dio vuelta y le preguntó a la hermana Caracol:
- Gongzela es una buena persona, ¿estás dispuesta a casarte con él?
- No sé quién es – dijo ella.
- Confía en mí, no te engañaré, Gongzela podrá hacerte feliz.
La joven recordó lo que había sucedido aquella mañana. Ella sabía que el mendigo no haría trampas y asintió con la cabeza.
- Te creo y quiero casarme con Gongzela, pero, ¿dónde vive? ¿Y qué tipo de persona es?
- Eres realmente una muchacha inteligente. Si quieres buscar a Gongzela vente conmigo. Siguiendo las huellas de mi bastón llegarás hasta el lugar donde él habita.
Y dicho esto el anciano se dirigió hacia la puerta. La chica lo siguió mientras los padres, al ver que no la podían detener, montaron en cólera:
- Si te vas, no te vayas a arrepentir luego, porque en esta casa ya no podrás entrar.
Las otras dos jóvenes estaban a un lado sonriendo irónicamente.
La hermana Caracol atravesó el umbral de su casa pero ya no se veía ni la sombra del viejo mendigo. Del cielo colgaba una luna brillante que alumbraba el camino y ella encaminó sus pasos siguiendo las huellas del bastón del viejo.
Cuando la luna se iba escondiendo por el occidente y el sol se elevaba por el oriente, la joven, que no sabía cuánto había caminado ya, llegó a un gran dique. Sobre éste retozaba un rebaño de cientos de ovejas que semejaban en su conjunto un ramo de flores. Ella le preguntó al niño pastor:
- ¿Has visto pasar por aquí a un viejo mendigo?
- No. Sólo he visto pasar hace un momento a Gongzela, estas ovejas son suyas.
La muchacha agradeció al niño y siguió camina que camina hasta encontrar un vaquero.
- ¿Has visto pasar por aquí a un viejo mendigo?
- No. Sólo he visto a Gongzela que hace apenas un momento pasó por aquí. Estas vacas son todas suyas.
La joven se despidió del vaquero y prosiguió marchando hasta que se topó con un recuero y le preguntó:
- ¿Has visto pasar por aquí a un viejo mendigo?
- Sólo he visto pasar hace apenas un momento a Gongzela, estos caballos son de él, si quieres verlo sigue hacia adelante.
Tan idéntica respuesta de los tres hombres hizo sospechar a la joven, que pensaba mientras caminaba: “Al final de cuentas ¿qué tipo de persona es Gongzela? ¿Cómo puede tener tanto ganado? ¿El viejo mendigo será Gongzela? ¿Acaso me voy a casar con un viejo mendigo?” Pensando esto, de pronto levantó la cabeza y notó el término de un dique y un gran edificio parecido a un palacio que fulguraba, semioculto, con un brillo dorado. Entonces dio con un hombre canoso y le preguntó:
- Disculpe, ¿ha visto pasar a un anciano mendigo?
- No, - contestó el anciano sonriente – por aquí sólo acaba de pasar Gongzela.
La muchacha señaló el palacio a lo lejos y preguntó:
- Dígame por favor, ¿qué templo es aquél? ¿Qué buda hay allí?
- Muchacha, ese es el palacio de Gongzela, no es un templo. Sigue este camino, él te está esperando – expresó lleno de amabilidad.
La muchacha agradeció al hombre de pelo cano y se encaminó hacia el palacio. Por cada lugar por donde pisaban sus pies iban surgiendo del suelo flores, como por arte de magia, que compitiendo en colorido e inundando el aire de perfume parecían estar dando la bienvenida a quien llegara. Las flores lozanas se abrían al paso de la muchacha, formando así un camino florido que la condujo al frente del palacio.
Cuando ella pisó la escalera del edificio, la gran puerta se abrió inmediatamente. Gongzela junto con su séquito, vestido del color del arco iris, portando perlas, turquesas y corales, salió a recibirla y a pedirla en matrimonio. Ella notó impactada que Gongzela era un rey joven y guapo, por lo cual lo aceptó sin reservas: en ese momento supo que Gongzela no era otro que el viejo mendigo disfrazado.
Gongzela se sentó en una cama de oro y la muchacha vistió la ropa irisada, se enjoyó y se sentó en una cama de plata. Escogieron de mutuo acuerdo un día apropiado y se unieron como esposos viviendo muchos años felices en aquel palacio.


...FIN...

viernes, 1 de noviembre de 2013

La princesa que bostezaba a todas horas. CUENTOS POPULARES

Pincha en el vídeo y escucha el cuento :)





Capítulo 1: Perdidos en Valladolid (RAÚL)




Capítulo 1:

Mi viaje a Valladolid

Hace algún tiempo, un grupo de amigos y yo quisimos irnos de viaje y nos perdimos. Lo que más consigo recordar es aquél aeropuerto, pequeño y frío. Después de coger el avión, nos subimos al autobús y al llegar, para nuestra sorpresa, aquella ciudad que teníamos delante nos parecía realmente pequeña.

Al día siguiente de llegar a Valladolid, nos fuimos a visitarla y empezamos a caminar. Una vez que nos pusimos en marcha, las horas pasaron volando. Realmente estábamos disfrutando de aquel bonito lugar.


Pronto llegó la hora de la comida y no sabíamos si volver al hotel o comer fuera, puesto que era la primera vez que visitábamos aquella ciudad y no sabíamos si habíamos recorrido ya demasiado.
Después de unos minutos más, decidimos regresar al hotel, luego recordó Pepe:
-    No sabemos volver al hotel.
-    Pues habrá que preguntar a la gente que encontremos, dijo otro de ellos.

Después vimos a un señor, y nos dijo que él tampoco sabía como llegar a ese hotel.  Tras un rato finalmente decidimos ir a un restaurante a comer. Una vez dentro, preguntamos al camarero si conocía el lugar y cómo llegar hasta allí. Él nos indicó como la ruta más precisa, por lo que decidimos hacerle caso. Ya casi a la entrada del hotel, decidimos ir a conocer la zona, resulto que nos volvimos a perder.
Dimos unas cuantas vueltas por la ciudad pero al final conseguimos llegar, nos echamos la siesta, y a media tarde dijo Julio:
-    Podríamos bajar un rato a la piscina a darnos un chapuzón ¿os animáis?
-Sí, si quieres vete bajando tú que ahora vamos nosotros. Contestó Pepe.

Cuando el resto decidimos bajar a la piscina  se estaba haciendo el muerto, y nos dio un susto, ya que él no sabía aguantar  la respiración bajo el agua.

Al acercarnos nos dimos cuenta que estaba bien, por lo tanto, no pasó nada.

Por fin llegó la hora de cenar  tras un día repleto de emociones. Después decidimos ir a la habitación a descansar pero todavía este día no había acabado. Por la noche el hotel ofrecía una actuación de la Orquesta Simbiosis,  la estuvimos viendo y allí  hicimos amistades con unos chavales ya que ellos también se habían instalado en la habitación de al lado de la nuestra.
Nos hicimos muy amigos de esos chicos, y desde el primer día que nos conocimos empezamos a hablar;  les contamos nuestras aventuras en Valladolid, como habíamos conseguido volver, quiénes nos habían informado… y ellos nos contaron que también se habían perdido pero  que consiguieron volver rápidamente pues había sucedido todo cerca del hotel.
Con esas pequeñas historietas nos presentamos y, al día siguiente fuimos a dar una vuelta por la zona centro de la ciudad. Allí estuvimos viendo la catedral y  la playa de las moreras.
Desde allí nos orientamos hacía el hotel.
Después regresamos e hicimos una salida programada para los alojados allí.

Aquel día en la excursión, estuvimos con los chicos que conocimos la noche de la actuación.
Al finalizar la excursión, llegamos a la habitación y una vez allí nos encontramos en la puerta de la habitación un papel que ponía:

ESTIMADOS CLIENTES LES INFORMAMOS QUE ESTA TARDE A LAS 19:OO HORAS TIENEN QUE PRESENTARSE EN RECEPCIÓN

Llegaron las 19:00 horas y nos presentamos en recepción. Transcurrida media hora, observamos que allí no había nadie por lo que decidimos volver a la habitación el hotel.
Al cabo de un rato escuchamos una voz que  decía: “en 5 minutos se destruirá el edificio”. Al escucharlo, decidimos evacuar rápidamente la habitación, y el hotel. Pasaron 5 minutos, 10, 15… y no pasó nada.

Cansados pensamos que se trataba de una broma por lo que decidimos volver a la habitación. Al día siguiente nos despertamos, bajamos a desayunar, y desde allí fuimos a recepción y preguntamos: ¿por qué ayer nos hicieron evacuar el hotel?, ¿si no pasó nada? El recepcionista, nos comentó que se trataba de  una broma típica en esta fecha, que se llamaba “los Santos inocentes” y se hacían bromas a la gente sin ánimo de ofender a nadie. Mis más sinceras disculpas si les sentó mal, dijo el recepcionista colorado.

Pepe le contestó amablemente: - no se preocupe no pasa nada, tan sólo que nos asustamos, ya teníamos el viaje pagado y no teníamos la ida a nuestras casas hasta dentro de unos días, pero ya que  todo ha sido una pequeña broma, no hay ningún problema, nos hemos vuelto a tranquilizar. Y ahora continuaremos con  nuestro viaje, disfrutándolo al máximo.

CONTINUARÁ...