Capítulo 4
El reencuentro
Rubén y Alejandro comenzaron a bajar las escaleras.
Cuando iban por la mitad, empezaron a escuchar gritos y golpes. De repente uno
de los gritos les dejó asustados y atónitos. Fue mucho más fuerte que el resto
de los sonidos que habían escuchado anteriormente. Pensaron que podría tratarse
de mí y bajaron a toda velocidad.
Cuando llegaron abajo no era yo, era un hombre
corpulento de mediana edad. Aproximadamente cuarenta y cinco años. El hombre
era moreno, con los ojos verdes más intensos que se puedan imaginar y de cuerpo
delgado como de no haber comido en semanas, pese a la anchura de sus espaldas
que le daban cierto aire corpulento.
Rubén se acercó y le preguntó: -hola, ¿qué tal estás?
El hombre puso una cara extraña y respondió: -Me
llamo Antonio. Me secuestraron y me trajeron hasta aquí. Llevo encerrado desde
el mes pasado aproximadamente. De vez en cuando me traen agua y un trozo de pan. No sé
porque me metieron aquí pero sea por lo que sea no quieren que me muera.
Se dispusieron a levantarse y mientras hablaban el
hombre dijo que sabía dónde me tenían retenido. Dijo que me tenían encerrado en un cobertizo
fuera, en el bosque. Rubén, Alejandro y Antonio salieron por la puerta del
sótano y se encontraron con un bosque antiguo lleno de niebla. Ahora les tocaba
buscar el cobertizo, cabaña o lugar dónde
me tuviesen escondido.
Al rato de estar andando consiguieron divisar una
sombra a través de la espesa niebla que se dirigía hacia la cabaña donde se
suponía que estaba yo atrapado. Rubén y Alejandro se dispusieron a salir
corriendo detrás de aquella sombra.
Cuando estaban llegando a la cabaña, Antonio desde la lejanía les dijo: - Os deseo
mucha suerte en la búsqueda de Cristian.
Rubén y Alejandro siguieron corriendo hasta llegar
al cobertizo y cuando llegaron Rubén cargo contra la puerta conforme lo haría
un ariete. La puerta comenzó a desquebrajarse. Rubén le rogó a Alejandro: –Ayúdame
Alejandro ya casi está abierta, se está rompiendo.
–Vale, vamos
a romperla del todo.-respondió Alejandro emocionado.
La puerta se
desplomó y se encontraron con un montón de cuerpos tirados en el suelo. Muy asustados
se acercaron y pudieron observar que se trataba de maniquíes.
Rubén se puso a buscarme por todas partes.
Al cabo de un rato se dieron cuenta de que a aquel
hombre al que habían liberado, Antonio, les mintió haciéndoles creer que yo
estaba en aquel cobertizo.
Rubén y Alejandro creían volverse locos por
momentos. Estaban desesperados por encontrarme. -¿Qué dirá su padre al saber que Cristian está en algún zulo encerrado? –dijo Rubén.
Alejandro no se iba a rendir tan fácilmente y
seguiría buscándome. Se puso manos a la obra, sacó las linternas pequeñas que
encontró en el desván y se pusieron a gritar mi nombre.
Transcurridas dos o tres horas dentro de la
cabaña, saltó el riego automático, o eso pensamos en un primer momento.
Pudimos observar que aquello no era agua. Y al
acercarnos vimos que se trataba de gas lacrimógeno, el cual les durmió durante
unas cuantas horas.
Al despertar se encontraron atados de pies y manos con
unas cadenas metálicas colgados de la pared. En frente de ellos estaba yo, maniatado
aferrado a una esquina.
Rubén me llamo varias veces hasta que me desperté.
De repente, asustado y sorprendido de ver a mis
amigos dije: -¡Rubén, Alejandro
estáis vivos!
Rubén aún sin creerse que me hubieran encontrado respondió:
-Sí, Cristian pero necesitamos salir de aquí como sea. ¿Sabes dónde esconden
las llaves?
-No tengo ni idea pero un hombre encapuchado pasa
por aquí cada media hora. Por el tiempo que ha pasado supongo que estará al
caer. Cuando pase intentamos reducirle y robarle las llaves.- dije
valientemente.
Transcurridos unos minutos se escuchó la puerta.
Rubén se descalzó como pudo y Alejandro le pego una patada al carcelero. Rubén
alargó los dedos de los pies y agarró las llaves. Posteriormente se las acercó
a las manos, y se las liberó de las abrazaderas metálicas. Una vez que
consiguió soltarse nos liberó a Alejandro y a mí.
CONTINUARÁ...

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