domingo, 27 de abril de 2014

Capítulo 4: La casa encantada (CRISTIAN)

Capítulo 4


El reencuentro

Rubén y Alejandro comenzaron a bajar las escaleras. Cuando iban por la mitad, empezaron a escuchar gritos y golpes. De repente uno de los gritos les dejó asustados y atónitos. Fue mucho más fuerte que el resto de los sonidos que habían escuchado anteriormente. Pensaron que podría tratarse de mí y bajaron a toda velocidad.
Cuando llegaron abajo no era yo, era un hombre corpulento de mediana edad. Aproximadamente cuarenta y cinco años. El hombre era moreno, con los ojos verdes más intensos que se puedan imaginar y de cuerpo delgado como de no haber comido en semanas, pese a la anchura de sus espaldas que le daban cierto aire corpulento.
Rubén se acercó y le preguntó:    -hola, ¿qué tal estás?

El hombre puso una cara extraña y respondió: -Me llamo Antonio. Me secuestraron y me trajeron hasta aquí. Llevo encerrado desde el mes pasado aproximadamente. De vez en cuando me traen agua y un trozo de pan. No sé porque me metieron aquí pero sea por lo que sea no quieren que me muera.        
                   
Se dispusieron a levantarse y mientras hablaban el hombre dijo que sabía dónde me tenían retenido.  Dijo que me tenían encerrado en un cobertizo fuera, en el bosque. Rubén, Alejandro y Antonio salieron por la puerta del sótano y se encontraron con un bosque antiguo lleno de niebla. Ahora les tocaba buscar  el cobertizo, cabaña o lugar dónde me tuviesen escondido.

Al rato de estar andando consiguieron divisar una sombra a través de la espesa niebla que se dirigía hacia la cabaña donde se suponía que estaba yo atrapado. Rubén y Alejandro se dispusieron a salir corriendo detrás de aquella sombra.

Cuando estaban llegando a la cabaña,  Antonio desde la lejanía les dijo: - Os deseo mucha suerte en la búsqueda de Cristian.
Rubén y Alejandro siguieron corriendo hasta llegar al cobertizo y cuando llegaron Rubén cargo contra la puerta conforme lo haría un ariete. La puerta comenzó a desquebrajarse. Rubén le rogó a Alejandro: –Ayúdame Alejandro ya casi está abierta, se está rompiendo.
 –Vale, vamos a romperla del todo.-respondió Alejandro emocionado.

La puerta se desplomó y se encontraron con un montón de cuerpos tirados en el suelo. Muy asustados se acercaron y pudieron observar que se trataba de  maniquíes.
Rubén se puso a buscarme por todas partes. 



Al cabo de un rato se dieron cuenta de que a aquel hombre al que habían liberado, Antonio, les mintió haciéndoles creer que yo estaba en aquel cobertizo.

Rubén y Alejandro creían volverse locos por momentos. Estaban desesperados por encontrarme.  -¿Qué dirá su padre al saber que  Cristian está en algún zulo encerrado? –dijo Rubén.
Alejandro no se iba a rendir tan fácilmente y seguiría buscándome. Se puso manos a la obra, sacó las linternas pequeñas que encontró en el desván y se pusieron a gritar mi nombre.
 Transcurridas dos o tres horas dentro de la cabaña, saltó el riego automático, o eso pensamos en un primer momento.
Pudimos observar que aquello no era agua. Y al acercarnos vimos que se trataba de gas lacrimógeno, el cual les durmió durante unas cuantas horas.

Al despertar se encontraron atados de pies y manos con unas cadenas metálicas colgados de la pared. En frente de ellos estaba yo, maniatado aferrado a una esquina.
Rubén me llamo varias veces hasta que me desperté.
De repente, asustado y sorprendido de ver a mis amigos dije:           -¡Rubén, Alejandro estáis vivos!
Rubén aún sin creerse que me hubieran encontrado respondió: -Sí, Cristian pero necesitamos salir de aquí como sea. ¿Sabes dónde esconden las llaves?
-No tengo ni idea pero un hombre encapuchado pasa por aquí cada media hora. Por el tiempo que ha pasado supongo que estará al caer. Cuando pase intentamos reducirle y robarle las llaves.- dije valientemente.

Transcurridos unos minutos se escuchó la puerta. Rubén se descalzó como pudo y Alejandro le pego una patada al carcelero. Rubén alargó los dedos de los pies y agarró las llaves. Posteriormente se las acercó a las manos, y se las liberó de las abrazaderas metálicas. Una vez que consiguió soltarse nos liberó a Alejandro y a mí.



CONTINUARÁ... 


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